Hay quien dice que las palabras se las lleva el viento, pero no es así, quedan marcadas en el corazón de quien las recibe.
De pequeña una maestra bastante amarga, solía decirme que yo era "distraída", incluso recibi maltrato de su parte.
Crecí con esa etiqueta que me avergonzaba y me hacía sentir inferior a los demás y así, con el autoestima baja me hice adolescente. A Dios, gracias logré superarlo.
Hoy en día agradezco ese trato tan injusto, porque a pesar de sentirme rechazada por quien tenía la responsabilidad de guiarme, de orientarme, de enseñarme y corregirme en mi etapa escolar, ese trato tan humillante, sirvió para que a temprana edad tratara a mis semejantes con el respeto que cada uno merece como persona e intento que mis palabras sean constructivas, porque la huella de aquello que se escucha, no se borra jamás.
Efesios 4:29 "Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes"
Cambia el “chip” de tu vocabulario, contolate, piensa antes de hablar y si tienes que decir algo malo elige aquellas palabras que no lastimen sino que ayuden al otro o a ti mismo a mejorar.
Colosenses 4:6 "Que la palabra de ustedes sea siempre agradable, sazonada con sal, para que sepan cómo les conviene responder a cada uno"
Elegir hablar bonito es eso, una elección; y debería ser un hábito, ¡nunca es tarde para cambiar aquello que duele...!

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